sábado, 28 de mayo de 2016

EL TRAGALDABAS



Ilustración de Maurizio A.C. Quarello.


EL TRAGALDABAS

A A. Trevor, otra vez
(lo nuestro ya es vicio).


Tras no haber podido saciar su voracidad con la gastronomía de los cinco continentes, Roberto comenzó a comerse las palabras.

Empezó degustando palabras chiquitas como sol, coz o dios para, poco a poco, enfrentarse con platos lingüísticos más elaborados. ¡Qué glotonería desatada cuando le hincaba el diente a las esdrújulas, se le caía la baba con palabras como fósforo o pérgola! En un abrir y cerrar de ojos, se zampaba hasta las locuciones adverbiales más indigestas; ¡no había expresión o dicho que le resultara pesado a un estómago a prueba de erratas!

Tenía que tener cuidado con palabras como silencio o sombra, le provocaban unos sarpullidos mudos por los antebrazos: un par de días a dieta con vocales y asunto arreglado.

Las palabras polisémicas, cómo no, eran su debilidad. Aunque no comprendía del todo esa esquizofrenia léxica, lo cierto es que le saciaban más; suficiente argumento para un tragaldabas de manual como él.

Cuando acabó con el idioma español su paladar pronto se acostumbró al inglés: el hambre no sabe de barreras idiomáticas. Y cuando engulló todo el inglés, pasó al francés y así, sucesivamente, con las cinco mil lenguas que pueblan el mundo (seguro que se hacen una idea).

A día de hoy, sigue devorando palabras en lenguas muertas, en idiomas perdidos, y aunque pueda resultar paradójico, parece que tienen más sabor, es lo que dice el tragaldabas, que no sé yo si creerle.
 

2 comentarios:

  1. Muchas gracias por sus palabras, usted sí que sabe lo que me gusta. Leerle siempre es un manjar. Mi paladar se descubre ante su narrativa.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias a ti Roberto! Encontrar iguales es matemáticamente un milagro (en este cosmos), y contigo, la palabra complicidad se cumple.

      Eliminar