jueves, 7 de abril de 2016

EL ASTROLABIO


Un astrolabio.


EL ASTROLABIO


A veces pasa. Las palabras se pueblan con significados que no les pertenecen. Construimos de esta manera una semántica exclusiva, un lenguaje propio a medio camino entre la ficción y la realidad. La historia que ahora se narra, trata de mostrar uno de esos curiosos casos:

Martin siempre confundió el astrolabio con la boca de Teresa. Así que cuando fanáticamente miraba sus labios, le recorrían escalofríos de astronauta. Sus primeras nociones del universo provenían de las palabras con las que Teresa se dirigía a él. Cuando ella decía – ¿loco, me acompañás a casa? - , él creía estar ante una estrella importante, digamos por ejemplo, la estrella polar. O cuando un silencio tierno vestía sus labios, imaginaba esa otra, materia muda, que compone la soledad del firmamento.

Cuando descubrió que el astrolabio era, en verdad, un instrumento para ayudar a la navegación, se dijo que claro, que había una rima interna entre la boca de Teresa y el buscador de estrellas; cómo si no explicar esa intuición de saber que estaba en el lugar idóneo, que la única manera de extraviarse era estar lejos de ella.

En la Academia, Martin defendió su locura léxica, argumentando que los caminos de la polisemia eran inescrutables; que en el principio fue su boca, y la boca de Teresa era Dios. Ante tal afirmación, los teólogos de la palabra, aunque alguno tuvo la osadía de incluirlo entre los apócrifos, lo declararon blasfemo de pies a boca. Fue tal el revuelo mediático en la ortodoxia, que hasta adelantaron la fecha para la siguiente hoguera.

Mientras ardía, Martin trajo a su mente, cuánto de llama tenía la lengua de Teresa.

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