martes, 22 de marzo de 2016

LA MUJER PARADOJA


Este cartelito lo tenía yo colgado
allá por mis juventudes estudiantiles.



LA MUJER PARADOJA


Tenía más de reto filosófico que de mujer al uso, más de trabalenguas que de rima fácil. La mujer paradoja me ofreció el horror y la belleza en el mismo plato, fabricó para mí un hogar itinerante y, si me permite la pedantería, me enseñó a volar por las profundidades del ser.

Por lo que decían los oráculos debía estar hecha de silencio y de aullido, de azufre y de pétalos de orquídea; por lo que yo sé, llevaba los jeans como ninguna (aunque competía contra ella misma con esas faldas largas, de vuelo embrujado). Aquella paradoja de mujer me distraía con sus mudanzas, para acabar revelándome, a través de sus juegos serios de alcoba, las constantes eróticas más universales.

Quizá lo más hermoso de ella eran sus contradicciones. Un día amaba locamente la noche y, al siguiente, no había forma de que se despegase de la mañana. O cuando sus platos preferidos le duraban hasta que su curiosidad insaciable lo decidía; ¡pasamos de fanáticos la nouvelle cuisine a la gastronomía oriental en el suspiro de una semana! No hay estómago (sí corazón) que aguante éso. 

Un tarde, a saber por qué ventolera, hizo las maletas y se fue para siempre, pero no hay día que pase que no la tenga presente: supongo que ésta fue su última paradoja para mí.

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