viernes, 18 de marzo de 2016

EL NÚMERO PI









EL NÚMERO PI


Para ser una cifra infinita no me ha ido nada mal. Tuve una infancia cósmica complicada, un número irracional como yo, no lo tuvo nada fácil; imagínate en medio de la materia oscura con millones y millones de posibilidades matemáticas: la competencia era brutal, pero me mantuve firme y, hoy en día, soy toda una constante universal.

Mi carácter aleatorio me ha causado más de un problema con la comunidad científica, nada grave si lo comparamos con las teorías sobre la unificación de las leyes físicas, que ahí sí, hay una algarabía de cuidado; -todo sea por divertir a los intuicionistas-, me digo, para perdonar mis veleidades.

Lo de tener el adjetivo de transcendente, eso lo llevo peor, porque en el fondo soy un número discreto al que el universo le enseñó a pasar desapercibido.  Y aunque me hayan dedicado un día para celebrarme, tengo los pies en el suelo matemático.

Eso sí, mi talón de Aquiles es mi soledad incalculable. Menos mal, que hace poco, he trabado amistad con el número e, otro perro verde del algebra, con el que me voy de marcha a calcular el giro de una veleta frente a una ráfaga de viento.

Ya ves, ser un enigma milenario tiene sus complicaciones.

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