viernes, 11 de marzo de 2016

EL FETICHISTA DE SOMBRAS


Imagen pescada de un espectáculo del Teatro de Sombras Kageboushi.
 
EL FETICHISTA DE SOMBRAS


¡Vaya exposición que tenía! Toda una vida dedicada a su pasión más íntima, había llenado la casa de una colección de sombras, que bien hubiera competido con el Louvre en importancia.

Había comenzado el catálogo con su primer amor: una sombra casi traslúcida, de un candor abrasador y que olía a moras rojas. Ése fue el pistoletazo de salida para, poco a poco, ir reuniendo una “antología umbría”, como le gustaba denominarla. Y las tenía de lo más variopintas:

La sombra de su madre, que acariciaba en sus días aciagos; la sombra de Dios, compuesta de plegarias y ficciones; la sombra de su amigo invisible, de luz ultravioleta; las sombras de todos sus amores, llenas de senos y noches azules; sombras chinescas que hacían su espectáculo oriental cuando nadie las miraba; la sombra del río en que veraneaba de chico; la sombra de una canción de Serge Gainsbourg que hablaba de la decadencia; la sombra de un ahogado, de la primera muerte que vio en directo; las sombras de ojos de las muchachas en el baile de graduación; la sombra que deja en el aire la mariposa-monarca; las sombras de la memoria cuando uno se traiciona; las sombras de Hiroshima, su horror congelado; la sombra que pudo ser y no fue; la sombra de la sombra de una orquídea en la mirada…. Y así, hasta mil quinientas setenta y siete sombras como tótems, que decoraban su particular museo.

Su fetichismo incontrolable fue tal, que llegó a oídos de la Psicología, que hasta bautizó en su honor una enigmática enfermedad: el llamado síndrome de la sombra. 

Las perversidades o caricias que hizo o no hizo con ellas, las dejaremos, discretamente, a la sombra del silencio.

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