lunes, 1 de febrero de 2016

LA BAILARINA



Postal de bailarina diseñada por The Whipping Post



LA BAILARINA


Como si se tratara de la versión femenina del Conde de Montecristo, Isabel Heredia se refugió en la montaña durante veinte años; quería aprender los bailes que se le negaron en la comarca. Volvió -se cree- para vengarse de los realistas.

A su regreso montó una escuela de danza en la primitiva fragua del pueblo y puso en marcha sus talleres de funk, hip hop y danza del sol por las mañanas, para acabar el día con clases de burlesque, disco y bhangra. Los sábados, y gracias a la recuperación de las antiguas neveras que abastecieron de hielo a la provincia, puso en marcha su proyecto más ambicioso: una pista de patinaje artístico. Si bien no tuvo mucho éxito por ser tierra de secano, una de las hijas del maestro llegaría a clasificarse para los campeonatos europeos -ahí es nada-.

Como agradecimiento, los aldeanos, mandaron esculpir unas zapatillas azules de bailarina y las colocaron en mitad del pasto como homenaje.

Dicen -es igual es mucho decir- que en las noches, los caballos galopan alrededor del monumento en una salvaje danza como de fuegos fatuos.

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