jueves, 4 de febrero de 2016

EL NIÑO QUE QUERÍA SER SOMBRA







EL NIÑO QUE QUERÍA SER SOMBRA


Al igual que aquellos que descubren pronto su vocación de médicos, astronautas o letraheridos, él supo desde niño que quería ser sombra.

Se puso manos a la obra en su proyecto vital con esa desmedida pasión con la que se conjugan los sueños. Comenzó comprándose una farola y, así, practicar en casa el modo de desparramarse por las aceras; seis años para multiplicarse de una manera creíble, le costó, no se crean. También, tuvo que empollar varios tratados sobre luminiscencia y óptica para calcar las cualidades físicas en sus apariciones. Viajó a oriente con el objetivo de analizar al dedillo las famosas sombras chinescas, trayéndose la superstición de que si se acostaba con ellas, al caer la noche cobraban vida. Otra de las lecciones que aprendió en estos años de delicada entrega, consistía en llevar un fuego fatuo en el bolsillo del pantalón, no siempre podía contar con faroles u hogueras para proyectarse a sí mismo. Llegó hasta tal maestría que incluyó un capítulo en el Libro de las Sombras, concretamente en la sección sobre siluetas flotantes y su encarnación en el espacio.

Los titiriteros del todo el mundo acudían a verlo como musa inspiradora para sus espectáculos, las damas de la aristocracia querían tenerlo a su lado, ¡porque hay que ver qué tipín les hacía por las paredes!, hasta los poetas abismales iban a visitarlo por si se les había escapado algo sobre la noche. 

Ya ven, en lugar de peregrinación se convirtió el niño que quería ser sombra… y colorín colorado.

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