lunes, 25 de enero de 2016

RIGOBERTO "EMPEINE DE ORO"










RIGOBERTO “EMPEINE DE ORO”


Lo de empeine de oro venía por un trozo de metal que le alojaron en el pie debido a una malformación congénita; lo de “oro” se perfiló, más bien, en su época de patio de colegio por la potencia añadida con que imprimía con su prótesis, sus disparos a puerta jugando a fútbol. Empeine de luz, lo llamaban, pero evolucionó a empeine de oro, quizá porque en su barrio no eran muy luciferinos o porque preferían los metales preciosos a las metáforas; con los pobres nunca se sabe. (Y lo de Rigoberto provenía por reproducir el mismo nombre de su tía abuela; sí, he dicho tía abuela).

El caso es que Empeine de oro tuvo una corta carrera futbolística, un naufragio de carrera futbolística, si se me permite el símil marinero. El sobrepeso en el pie descomponía el equilibrio áureo de su cuerpo, motivo causante de una serie de lesiones fatales en los discos lumbares, que lo retiraron de la posibilidad de hacerse un nombre. Eso sí, ¡qué golazos marcó!; porque no había televisión en aquel entonces…, ni Pelé le llegaría a la suela del empeine. 

Tras varios años de rumbo errado, ora en la bebida, ora en los burdeles y tras aparecérsele el espíritu santo en forma de cabaretera libertaria (así nos lo contaba), descubrió su vocación verdadera: dar puntapiés. ¡Pero vaya qué puntapiés, es que había que verlos; qué derroche de elegancia emanaba de su empeine, qué donaire en el golpeo! ¡No eran patadas, no, eran auténticas filigranas, portentos de coces invertidas!

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