sábado, 31 de enero de 2015

EL PARTIDO DE LOS SÁBADOS


Un relato corto hecho con la ambición de capturar una pasión y otros tantos recuerdos...


¿Quién no se identificó con esta serie mítica?



EL PARTIDO DE LOS SÁBADOS 

Todos los sábados quedaba con la vieja guardia de su cuadrilla para echar un partido de futbito.

Por esa épica accesible en forma de pelota, podía soportar un trabajo que le roía las entrañas, un matrimonio ya viudo en primaveras o su hurañismo galopante. Todo con tal de sentir por una hora, las acrobacias mágicas que se le negaban el resto de la semana.

Aquél sábado había ganas. El pomposo nombre de los rivales no hacía más que acrecentar su sed de epopeya. Los Prestidigitadores del Balón Futbol Club volverían a casa humillados en su chistera de pacotilla.

Desde hacía unos meses, el equipo titular había sufrido bajas importantes. Los amigos todavía creían en su inmunidad a las lesiones y ese pensamiento de superhéroe trasnochado había mermado el plantel. El combinado provisional se había abastecido de tres jugadores de la Calle Almogávares; cantera arrabalera de futbolistas míticos como “El Lunático Bartolo” o “Juan Wayne”, que hubieran triunfado como jugadores de élite, de no ser por una irrenunciable querencia hedonística y nocturna.

Durante toda la semana había estado pefeccionando, mentalmente, su aportación a la ciencia futbolística. Un inverosímil regate que no tenía nada de regate, pero sí de inverosímil y que funcionaría, esta vez sí, para marcar el gol que lo introdujera en la galería de la fama de los pícaros del balompié. Básicamente consistía en un bamboleo frenético y súbito de caderas, más propio de una danza de la fertilidad que de un manual al uso, que versaba en engañar a los contrarios desplazándolos a diestra y a siniestra en  busca de un ficticio balón, que siguiendo su rumbo natural, le dejaba cual rockero, un sobrado corredor hacia puerta. Aunque todos achacaban al azar tal ejercicio de pericia, el invento ya había dado muestras de éxito en varios partidillos. Con ese espejismo pitágorico, como le gustaba llamarlo, la gloria para rememorar en sus años sedentarios estaría justificada.

Ya engalanado con sus famélicas zapatillas, una pantaloneta negra de satén para la ocasión y su camiseta púrpura luciendo como estreno su apodo de “Matarreyes” a la espalda, miró a los adversarios como se mira a los antiguos amores, con ese fulgor crepuscular y de adoración. Entonó un verso de Hölderlin que hablaba de la serenidad ante las derrotas. Puso su cara perro más brutal y más sincera. Secó sus manos en el piso de la cancha como un gladiador veterano y supersticioso, y dispuso su corazón para la grandeza.

Entre el descojone general, el partido comenzó.

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