domingo, 11 de enero de 2015

EL CHIRINGUITO

Siempre me gustó batirme con los grandes temas o imagenes de la literatura y de la vida.
Meterle mano a la luna, por ejempo. Si los poetas hablaban de ella, yo también debía dedicarle unos versos. O si la muerte es uno de los temas de la vida, yo la convertía en protagonista de un cuento.

Este es el caso del Chiringuito. Si Jordi Dann lo encumbró en una memorable canción, yo debía escribir también sobre mi chiringuito.




EL CHIRINGUITO

Decidió dilapidar sus horas estivales en un chiringuito común. Ocho horas al sol por día le pareció algo más cercano al cáncer de piel que a su proyecto de estar moreno y deseable para las hembras difusas a la que aspiraría tras la vuelta de vacaciones.

De entre los doce establecimientos playeros que poblaban los dos kilómetros de costa, se decantó por “Los Piratas”, no sabía bien si por su corsaria inclinación infantil o porque la camarera en cuestión se hallaba ensimismada leyendo un libro. Las mujeres que leían siempre le habían transmitido un aire de sensualidad por encima de cualquier generoso escote.

Habiendo acordado consigo mismo, que la cerveza la restringía a la ciudad, pidió su primer mojito de la temporada, y la muchacha comenzó un ritual inédito para prepararlo. Más parecía la elaboración de un conjuro que el de un simple cocktail veraniego. Al servirlo le dijo con acento argentino –hoy más nos valdría ser cometas que personas, ¿conocés el efecto Foehn?-. Siempre era él quién empezaba las conversaciones tabernarias, así que embrujado por las explicaciones científicas sobre la relación entre el viento y el alma humana, ni se percató que iba por su tercer mojito. Del segundo, sólo recordaba un singular tatuaje en la cadera izquierda de la camarera, un búho azul con dos palabras en las alas.

Se sentó al azar en una de las mesas, ya con su recién desvirgado cuarto copazo. El viento, el mar y su temperamento habían alcanzado un estado de comunión plena.  Un niño se le acercó con pasitos inseguros hasta su silla y él, ejecutando las leyes cursis del trato con la infancia, inició una carantoña por su cabello rubito. El niño con una varita de plástico, estrellada y con luces, comenzó a atizarle con saña por toda la cara. Cuando iba a poner en marcha sus mecanismos de defensa con un buen guantazo aleccionador, el niño salió corriendo hacia la orilla. Tuvo que elegir entre una persecución de dudosa integridad y su elixir etílico.- No hay quinto malo- pensó, y se quedó en la mesa satisfecho de no haber tenido hijos con ninguna de sus exmujeres.

La sexta copa la pidió de ginebra con pepino, por eso de la merecida leyenda de aventura que tienen los veranos. Fue el momento de las conversaciones  con la fauna variopinta del lugar. Un faquir jubilado expuso los beneficios de comerse los vasos que tomaba, ya que con ello, capturaba la esencia de todas las bebidas que habían albergado. Una madurita le confesó su ninfomanía sólo destinada a hombres mutilados. Un cojo o un manco eran para ella la sublimación del deseo (digamos que le entraron ganas de cortarse una uña, por si colaba). Un maestro con ínfulas de artista le resolvió el acertijo de qué fue antes, si el huevo o la gallina, pero debido a su estado de embriaguez no pudo fijarlo en su memoria. Dos jovencitas rusas, de profesión contorsionistas, le deleitaron encima de la mesa con números exóticos y se convirtieron en improvisados recipientes para sus dos siguientes cubatas.  El cura camello, el dandi con bastón de oro y el actor de cine koreano no dejaron gran huella en él. O eso creyó.

Su recuerdo entre la octava y la décima, le traía imágenes dispersas de una apuesta y un amor de verano. De un beso recibido con la pasión de todos los veranos y un extraño debate sobre la necesaria universalidad de la circuncisión. De un búho azul que con sus manos de pájaro, investigaba tiernamente por debajo de su bañador.

De la última copa, (ya que parece que sólo en los cuentos se es permito decir la última), sólo recordaba como el mantra de las olas se introducía por todos los poros de su piel y una sirena con faldita, que apenas cubría sus más impúdicas escamas, le tapaba con una manta de arena…. cuando despertó, el chiringuito todavía estaba allí.

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