jueves, 30 de noviembre de 2017

LOS MÚSICOS DEL TITANIC


LOS MÚSICOS DEL TITANIC
 
La músicos del Titanic tocaron para el peor de los públicos posibles: la muerte.

No tengo tan claro si fue un acto sublime o una estupidez titánica que los ocho músicos estuvieran tocando durante dos horas, mientras se hundía el buque. Una parte de mí alaba cómo se enfrentaron a su destino fatal -supongo que la romántica-, pero otra parte me dice que ni el Titanic, que los había subcontratado a través de otra compañía, ni los pasajeros que huyeron para salvar su vida y no se preocuparon de convencerlos para acudir a los botes, merecieran tal canto de cisne.... y sin embargo, mis argumentos son insuficientes para curarme de esa decisión suicida. Me sigue fascinando.

Soy de detalles menos grandilocuentes, por eso prefiero el del violinista Wallace Henry Hartley: su cadaver fue encontrado días más tarde con el estuche del violín, que su prometida le había regalado por su compromiso, atado al cuerpo. Su pasión musical y el recuerdo del amor, eran lo único que merecía ser llevado a un naufragio.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Sobre las enfermedades de los zepelines...



Un zepelín es un submarino con complejo de ángel

(o también podría ser que: El zepelín es el ángel de los submarinos)



martes, 28 de noviembre de 2017

EL VENDEDOR DE HUMO


EL VENDEDOR DE HUMO

A Boris Vian.

En el Mercado de las Pulgas de París, entre el puesto de máscaras africanas y la tienda de espejos, el vendedor de humo expone su muestrario volátil. Parece que en los últimos tiempos se vende muy bien el humo olímpico de las antorchas, en detrimento, eso sí, de la carnívora humareda de los sarmientos -hasta hace unos años, reina de la corona de su tenderete-. Los tiempos cambian, pero el humo permanece, y en este museo callejero hay piezas de submarinista. En unas urnas de cristal para quesos, vemos como juegan los jeroglíficos místicos de los inciensos, que según el karma con el que se hayan levantado, se muestran añiles o turquesas. Otra urna contiene el humo negro de un volcán en erupción con el cartel de “no se vende”, quizá porque esta pieza le recuerde a otras vidas. Quizá. Encima de lo que parece ser un piano cóctel, la humareda que sale de siete pipas baila al son de su música etílica -la danza etérea parece querer recrear el cortejo de los estorninos-. Como si se tratara de una extravagancia, dentro de un acuario, se permite mostrar el humo de las cataratas, más para llamar la atención que por la esperanza de quitárselo de las manos, dado su desorbitado precio. Debajo del puesto, ocultos en un arcón, se mezclan las señales de socorro de los apaches con el humo esotérico de los fuegos fatuos: expuestos sólo en equinoccios y solsticios, respetando la superchería del vendedor. Como baratija y a bajo costo, ofrece humo azul para sortijas y collares -una ganga si lo comparamos con el valor de otras piezas-. Pero si hay que reservar algún asombro, debe ser para el humo que quiso ser nube y para el humo que deja el amor cuando se va: ambos exhibidos en jaulas de pájaros con las puertas abiertas.

Si usted es alquimista, pirómano o simplemente poeta, la visita a este puesto parisino es de obligado cumplimiento.

miércoles, 25 de enero de 2017

EL EMBAJADOR DE ABISMOS



EL EMBAJADOR DE ABISMOS


A Melquiades.


En la plaza del pueblo, el embajador de abismos extendió las telas donde guardaba su repertorio de asombros. Los habitantes se reunieron en torno a él como en una hoguera: este tipo de acontecimientos debía generar maravilla en una comarca tan alejada de la mano de Dios.

El embajador comenzó su show de las profundidades. Con un ademán de prestidigitador, sacó su primera pieza: ¡la mujer-abismo!; hecha de la música callada de las esferas y polvo de oro, probaba, sin lugar a dudas, la rima íntima que existe entre la feminidad y el universo. Los habitantes ni se inmutaron. Algo contrariado, pero firme en sus principios fenicios, el embajador dio paso al segundo asalto: ¡el silencio de los anacoretas!; una orfebrería que él mismo había robado a una bruja de la periferia y cuyas propiedades místicas serían la envidia de cualquier profesional de la alquimia. Los habitantes bostezaron al unísono. –¡Vaya fauna de taciturnos!- pensaba el embajador mientras se sacaba de la manga su carta mortal: ¡la partitura original del misterio!;  un códice sumerio que permite descifrar las entrelíneas y es remedio bárbaro para la tos seca de los fumadores…

¡Ni mu, no dijeron ni mu! Un mutismo perezoso dejó paso a la más exuberante indiferencia y los habitantes se dirigieron a sus labores como si nada, dejando al embajador de abismos en un estado de shock, más propio de un boxeador noqueado que de un vendedor ambulante de su prestigio.

El alcalde, para sortear posibles patetismos, se le acercó, y le dijo: -En este pueblo, usted pinchó hueso. Somos punteros en oficios liberales como pescador de insomnios, óptico en fantasmagorías y astrólogo de infancias. Mejor pruebe usted en la capital; dicen que allí, han perdido la imaginación-.

lunes, 23 de enero de 2017

EL DISCURSO DE LOS PÁJAROS

Concierto de Aves, de Frans Snyders


EL DISCURSO DE LOS PÁJAROS

A pesar de que el cóndor llevaba la voz cantante y le apoyaba la casi totalidad de la asamblea, los estorninos interrumpieron el discurso con una de sus jeroglíficas exhibiciones -su vuelo como pausa dramática, no tiene par-.

Los cucos empezaron a dudar. Las gaviotas, a lo suyo; les daba igual la decisión, siempre defenderían su patente de corso en cualquiera de los territorios costeros. Los ruiseñores, atentos pero poco dados a la acción, tomaban apuntes para inmortalizar las decisiones que allí se decretaran. Mostrando su pecho luminoso, los petirrojos apelaban más a la estética que a la ética del momento. Los jilgueros asentían: su vida iba en ello. Todos y cada uno de los pájaros mostraron su repudio o adhesión a uno de los bandos -nunca la palabra revuelo fue tan literal-.

El cóndor dijo: Debemos abandonar nuestros cantos.

Los estorninos contratacaron: Si algo somos, es nuestra canción.

El cónclave volátil se decidió por votación a ala alzada y ganaron por diez mil plumas de más los estorninos, gracias a que los colibríes multiplicaron, con su aleteo espitoso, las papeletas de su victoria.

Y por eso los pájaros no hablan y siguen cantando, porque su democracia no es perfecta, porque los colibríes se burlan de la realidad y los estorninos todavía creen en el poder de su trova.

EL POZO DE LAS ESTRELLAS EXTRAVIADAS




EL POZO DE LAS ESTRELLAS EXTRAVIADAS


En este pozo se esconden las estrellas que renunciaron a su escaparate celeste. Las desterradas, las parias, las bárbaras estrellas. Las que recuerdan, con su luz negra, a los niños que no nacieron; las estrellas-bandido y las estrellas-bufón; las estrellas fugaces porque perdieron su infancia; las estrellas que no valían para constelación; las estrellas chiquitas y las estrellas-oruga; las estrellas que los griegos no convirtieron en mitos… los astrónomos, solidarios, vierten lunas en sus profundidades para hacerles compañía.

En este pozo no se admiten monedas, sólo memoria.

Algún día saldrán, llenas de revancha y ternura, a recuperar el firmamento.